lunes, 20 de julio de 2009

No tengas prisa

- No me esperes. Ya llegaré a casa, ¿vale?

Se lo dijo mientras la veía desaparecer entre la gente de la discoteca. Aquellas palabras se abrían paso entre los dientes de Sonia. Reía. Y a Mónica no le supo mal porque sabía que estaba muy colgada de Sergio. Los observaba mientra bailaban en la pista: como ella se movía de manera provocadora mirándolo, como bajaba los ojos cuando él la encontraba, como Sergio se mordía el labio inferior cuando Sonia le daba la espalda... Vio todo el ritual desde la barra y se vio reflejada el día anterior. Recordaba que ayer era ella la reina de aquella pista; que eran sus pies los que dejaban caminos de fuego por donde pasaban.

Entonces nota las manos de Mario recorriendo su silueta mientras bailaban. Sus ojos, los de él, clavados en los suyos, los de ella. Ahora piensa que sí. Que seguramente la mirada de él se dirigía a sus pechos cuando lo perdía de vista, o en el culo al girarse y contonear las caderas con aire provocador. Pero, sobretodo, recuerda el movimiento de sus labios y su lengua cuando cantaba “No tinguis pressa”.

Si te interesa, sabes mi dirección.
Me encontrarás en medio del sueño más húmedo


La dejaba sin respiración, igual que ayer. De camino a casa su mente proyecta un primer plano de la boca de Mario mientras recuerda toda la escena. Los gestos, las manos, la música... pero por encima de todo sus ojos verdes que la desnudaban. Un incendio volvía a invadirla. El aliento se tornaba deseo, los pasos se aceleraban y los dedos, inconscientemente, rodeaban su ombligo con caricias lascivas. Se dio cuenta justo cuando se encontraron con el cinturón que les cortaba la ruta descendente. “¿Dónde estoy?”. Una vez de vuelta a la realidad cayó en la cuenta que estaba justo delante de casa de él.

Puede que estés al rojo vivo pero no te atreves.
No importa que hora sea. Ven a verme.


Dos y media. Mira el portal con el corazón pidiéndole que llame. Se acerca al interfono despacio. El estómago se encoge. Las entrañas ardientes se lo suplican. Su aroma le llega, se siente húmeda y la vergüenza puede más que el deseo. Da media vuelta para irse a casa

Pero nada más dar dos pasos un ruido sordo hace que se detenga a medio camino. Mira hacia arriba y ve como se enciende alguna luz en el segundo. Y un instante después, otra vez ese zumbido que ahora suena a música, pero esta vez acompañada por el “¡clac!” que hace la puerta al empujarla Mónica.

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